Ensayo
Sobre la escucha musical
Una reflexión antes de comenzar
Probablemente llevas años escuchando música. La has sentido moverse en tu cuerpo, te ha acompañado en momentos importantes, ha definido parte de quién eres. Esa relación con la música no es un punto de partida ingenuo que el estudio busca corregir: es el fundamento sobre el cual todo lo demás se construye, y ninguna de las ideas que siguen tiene sentido si se separan de ella. Lo que este material propone es ampliar esa escucha y explorar la belleza que muchas veces está en frente de nuestros ojos, u oídos, pero solo percibimos parcialmente.
Hasta ahora has habitado probablemente la música desde adentro, dejándote llevar por su flujo emocional y temporal. Lo que el estudio profundo desarrolla es la capacidad de, simultáneamente, observar las relaciones internas que producen ese flujo y poder habitarlo emocionalmente a voluntad.
Una de las principales habilidades es poder transformar la escucha casual del fenómeno musical en una escucha profunda. Esto se puede aclarar con el siguiente ejercicio mental. La primera impresión que tenemos con el sonido es el ruido: sonidos sin coherencia ni mensaje para quien los recibe. Esto puede venir de la naturaleza, pero es recién desde la era industrial y la vida urbana que el ruido se presenta como una exposición sostenida e involuntaria a un ambiente con alta contaminación acústica. En contraste, el sonido organizado —aquel que tiene origen reconocible, dirección y sentido— es la materia prima desde la cual emerge la música. El paso del ruido al sonido con sentido no es un fenómeno objetivo sino perceptivo: depende de quién escucha y de cómo escucha.
Que la música ocurra cuando el sonido cobra sentido y se transforma en placer es algo que todos podemos reconocer, aunque describir sus propiedades se vuelve un laberinto de palabras. Un paso más allá de reconocer que «algo» es «música», sería reconocer el género musical; esto es rock, esto es jazz, esto es música clásica. El género define qué es lo que escuchamos; el estilo, el cómo se está ejecutando, y esto puede ser muy particular. Alguien no solo puede decir que está escuchando música, sino que escucha «Soul», específicamente Stevie Wonder, y si la persona es detallista y sensible, podría decir hasta el nombre de la canción: «Superstition».
Este es el umbral donde la mayoría de la gente que escucha música llega, pero todos los que nos dedicamos parcial o totalmente a la música sabemos que eso es solo el comienzo de una inmersión profunda en la escucha del fenómeno.
Reconocer cuándo un ciclo se reinicia, notar que una idea melódica se ha transformado, identificar el momento en que la textura cambia y algo nuevo comienza, todas estas son experiencias que se integran al estado anterior de conciencia musical. Cada concepto es un modo de escucha que, con el tiempo, se aprende a superponer.
El camino hacia esa superposición, sin embargo, pasa por un período de separación deliberada, un «shock ontológico»: ese momento en que escuchas una canción que conoces de memoria y de repente no reconoces nada porque estás escuchando diferente. Eso puede sentirse incómodo, incluso como una amenaza a la relación que uno tiene con la música que ama, pero solo la persistencia en el tiempo del estudio y la práctica traen el goce y la libertad musical que anhelamos.
La principal forma de ampliar nuestra audición es con la escucha activa del cuerpo. Esta es la razón por la cual el simple hecho de tocar un instrumento ya nos permite escuchar la música de una forma diferente. La música en sí misma no cambia; nosotros cambiamos nuestra percepción con el tiempo. Gran parte de los métodos de enseñanza se enfocan en este principio que, de cierta forma, es el más efectivo.
El gusto musical y la percepción
También es importante considerar lo que ocurre con el gusto y la identidad musical durante este proceso. La percepción no solo se amplía: muchas veces se vuelve más consciente de sí misma. Entender mejor la naturaleza de lo que nos gusta es, en el fondo, aprender a replicarlo de forma orgánica en nuestros instrumentos y composiciones. La música que amamos se convierte así en un lenguaje que comprendemos con mayor profundidad, y que por lo tanto podemos hablar con mayor libertad y precisión.
Un ejemplo puede aclarar este proceso. Imagina escuchar una conversación en japonés sin conocer el idioma. Lo primero que percibes es ruido: sonidos que no tienen coherencia ni mensaje para ti. Sin embargo, rápidamente algo cambia: reconoces que no es ruido arbitrario sino un lenguaje: japonés. No entiendes nada, pero sabes que hay personas comunicándose, que existe una estructura, una intención. Incluso puedes desarrollar una inclinación estética hacia ese sonido, la musicalidad del japonés, sus timbres particulares, la cadencia de sus frases, todo sin entender una sola palabra.
El siguiente paso, sin embargo, es cualitativamente distinto a todos los anteriores: ser parte de la conversación. Para eso no basta con reconocer que es un lenguaje ni con apreciarlo estéticamente; es necesario aprenderlo desde adentro.
La música funciona exactamente igual, con una particularidad importante: lo primero que cualquier persona escucha, y desde lo cual decide instintivamente si algo le gusta o no, son los timbres que conforman esa música.
Antes de reconocer una melodía, antes de seguir un ritmo, el oído recibe una configuración de colores sonoros: la distorsión de una guitarra eléctrica, la calidez de un bajo, la aspereza de una voz ronca. Esa primera impresión tímbrica es el equivalente a la musicalidad del japonés: nos atrae o nos rechaza antes de que hayamos entendido nada. Todo el estudio posterior es, en cierta forma, aprender a hablar el lenguaje que ese timbre ya nos había invitado a explorar.
Al otro lado de cualquier proceso de estudio musical no espera una escucha más fría ni más distante, sino una escucha más habitada en el ahora. El cuerpo que siente y la mente que observa operan juntos, de manera que lo que antes te movía sin que supieras por qué, ahora te mueve con la riqueza adicional de comprender cómo.