Ensayo
Me suena a…
Por qué comparar es el primer paso, y cómo pasar de la impresión a algo que puedas tocar
Cuando escuchamos algo por primera vez, lo primero que solemos decir es una comparación. Esto se parece a tal canción. Suena a tal artista. Suena a música de cine, a música clásica, a jazz. Lo hacemos todos, y casi sin pensar.
Esas comparaciones son nuestras primeras categorías. Antes de saber cómo está hecha una música, la ordenamos según lo que ya conocemos: otras canciones, otros artistas, otros mundos sonoros.
El oído es rapidísimo
No es un error. El oído es muy rápido para esto: en un estudio, Robert Gjerdingen y David Perrott encontraron que las personas reconocen el género de una música con fragmentos de apenas un cuarto de segundo. En ese tiempo no alcanza a sonar una melodía ni una progresión. Lo que se reconoce es el color general: el timbre, la textura, la forma en que suena el conjunto.
Y cuando alguien dice «suena a música de cine», muchas veces está percibiendo rasgos reales: una orquesta, un tempo lento, acordes que se sostienen. El problema no es que esa impresión sea falsa, sino que lo percibe todo junto. Siente la tensión, el reposo, la sorpresa, pero no puede separar de dónde viene cada cosa. Entonces asocia el fenómeno completo a lo más parecido que conoce.
Las categorías grandes dicen poco
Aquí está el punto. Una categoría como «música clásica» o «música de cine» es enorme. Caben en ella obras tan distintas entre sí que decir «suena a clásica» dice muy poco. La única categoría más grande que esa sería decir que algo suena a música.
Mientras más grande es una categoría, menos le sirve a quien la usa. «Suena a música clásica» no te dice qué tocar. «Suena romántico» dice algo más. «El bajo baja por semitonos mientras los acordes cambian de color» ya es algo que puedes llevar a la guitarra y probar. Las categorías pequeñas no reemplazan la impresión global: le dan un interior.
Desarmar a Spinetta
Es muy común que alguien llegue a clases diciendo que quiere sonar como Luis Alberto Spinetta. Para esa persona, Spinetta es una sonoridad en sí misma: algo que se reconoce de inmediato, como un color. Y es cierto, se reconoce. Pero «sonar a Spinetta» también es una categoría grande. No dice qué hacer con la guitarra al día siguiente.
Para saber qué hace que Spinetta suene a Spinetta, inevitablemente hay que construir categorías más pequeñas que «Spinetta». Puede ser un tipo de acorde, una manera de enlazar un acorde con otro, la forma en que la voz se apoya sobre la armonía, un ritmo que vuelve. Cada una de esas piezas se puede escuchar, nombrar y practicar. Ninguna, por sí sola, es Spinetta. Juntas, empiezan a explicarlo.
Hay una paradoja en esto: para acercarte a un sonido que amas, tienes que desarmarlo. Mucha gente teme que eso le quite la magia. En la práctica suele pasar lo contrario: cuando entiendes de qué está hecho, lo escuchas con más detalle y lo disfrutas de otra manera.
Quienes estudian cómo aprendemos han observado algo parecido en muchos campos: los principiantes agrupan las cosas por cómo se ven por fuera, y los expertos, por cómo funcionan por dentro. En música, estudiar es en buena parte eso: pasar de una sola categoría difusa a muchas categorías finas.
Pregunta qué parte
La próxima vez que digas «esto suena a…», no te quedes ahí. Pregunta qué parte. ¿Es el instrumento, el ritmo, un acorde, la forma de la melodía? ¿Qué se repite, qué varía, qué contrasta? Cada respuesta es una categoría más pequeña, y cada categoría pequeña es algo que puedes llevar a tu propia música.
La impresión global no desaparece. Sigue ahí, como la primera vez. Solo que ahora tiene un interior.
El estudio sobre reconocimiento de género en fragmentos de un cuarto de segundo es de Robert O. Gjerdingen y David Perrott, «Scanning the Dial: The Rapid Recognition of Music Genres» (Journal of New Music Research, 2008).